El frente y la reinvención del kichnerismo


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Un porcentaje no desdeñable de los argentinos que cuestiona la gestión de Mauricio Macri ve, sin embargo, mejores perspectivas para el gobierno en el futuro inmediato. Los datos del 2016, cada vez más sombríos respecto a la recesión, la disminución del salario real y la caída del empleo, erosionan esa confianza en una pronta mejoría. Esta expectativa ingenua se basó desde un principio en supuestos muy endebles: es difícil creer que para bajar la inflación haya que comenzar por aumentarla o que la reducción del déficit fiscal resulta compatible con la constante transferencia de ingresos a los más ricos. Por otra parte, la historia argentina de comienzos de siglo debería bastar para alertar sobre las nefastas consecuencias en el mediano plazo de haber iniciado -con celeridad digna de mejor causa- un nuevo ciclo de endeudamiento. Aún no se ha explicado suficientemente las razones de esta curiosa amnesia respecto de la crisis del 2001 que da para algunas conclusiones alarmantes sobre el comportamiento político de algunos sectores de la sociedad.

Tras un año de significativo retroceso en los indicadores de crecimiento, de contracción del mercado interno y crecientes dificultades para las empresas se ha agrietado la relación entre el gobierno y el Frente Renovador, fracción política que dio apoyo legislativo al Gobierno y avaló medidas tan escandalosas como la detención de Milagro Sala. Aunque la proximidad de la fecha electoral agrava la competencia entre Macri y Massa, el enfrentamiento no es ajeno a las contradicciones que tienen los grandes grupos económicos trasnacionalizados, de base nacional, con la política oficial claramente volcada a favorecer a los bancos y las grandes empresas de capital extranjero.

Estos conflictos podrían compararse con los que se planteaban cincuenta años atrás, cuando la gran burguesía se apoyaba en el movimiento obrero para enfrentar los proyectos del capital extranjero, generando ese empate hegemónico que caracterizó el período entre el derrocamiento de Perón en 1955 y la última dictadura. Pero no es posible extremar las coincidencias entre ambos períodos. Con la excepción de la CTA y de la Corriente Federal que permanece en la CGT, los dirigentes de los grandes gremios están lejos de aquella política de golpear para negociar que practicaban sus iguales de otras épocas: sólo negocian, el gobierno parece haberles tomado el tiempo y no le resulta difícil aquietarlos. De todos modos, aunque la inacción cegetista impidió una respuesta contundente, la suma de luchas y actos sindicales y de las organizaciones sociales y un estado de agitación que alcanza también a sectores universitarios y de la Cultura configura un potencial cerco sobre el gobierno que éste no puede más que tomar en cuenta. Las imponentes movilizaciones con la consigna Ni una Menos, aunque escapan a cualquier sesgo político definido, reflejan una disposición a reclamar derechos y denunciar tanto la barbarie del femicidio como la inacción de las autoridades que las integra en ese contexto de movilización social contradictorio con la lógica del discurso macrista.

En cuanto a los grandes grupos económicos como Techint, Clarín y Arcor, han trasnacionalizado y diversificado a tal punto sus inversiones que las contradicciones con la fracción hoy dominante no pueden exagerarse, puesto que siguen siendo parte del bloque que ocupa el poder. Además, el gobierno intimida a los sindicalistas y a los dirigentes renovadores planteando que hacen el juego al kichnerismo con iniciativas parlamentarias o movilizaciones sociales. “Esto sólo beneficia a Cristina” reiteran a quien quiera oírlos el jefe de gabinete y el ministro Frigerio.
La demonización de la figura de la ex presidenta parece haber logrado cierto resultado, alentada por episodios tan inauditos como el que protagonizó José López. Es cierto que esa demonización va perdiendo efecto en la medida que pasa el tiempo y se hace más difícil recurrir al mito de la pesada herencia, mientras la corrupción del presidente y sus allegados -Panamá Papers, funcionarios que favorecen a las empresas de las que son accionista o han sido importantes ejecutivos, decretos que anulan una ley para favorecer al padre de Mauricio Macri- es tan escandalosa que hace cada vez más difícil para el gobierno tirar la primera piedra.

Pero no sería bueno para el kichnerismo, como movimiento popular, que este debate se cerrara con la conclusión, supuestamente tranquilizadora, de que todos roban. La preocupada admonición de Alvaro García Linera sobre el modo como la derecha se apoya en las debilidades de los gobiernos populares de la región para llevar adelante su ofensiva debe tomarse en ese sentido muy en cuenta: la corrupción puede corroer por dentro los movimientos populares, poniendo en riesgo lo más importante que es su fuerza moral.

Es innegable que existe en la Argentina, desde hace décadas, una corrupción estructural que se manifiesta con más fuerza en algunas áreas de gobierno, pero, para revertir la desfavorable imagen, dirigentes y militantes kichneristas tienen que mostrar su decisión de enfrentar esas prácticas condenables. En ese sentido, es un buen comienzo que el FPV haya pedido que se audite toda la obra pública desde el 2003, propuesta que, naturalmente, provocó la alarma de los grandes empresarios de la construcción. Esta política anticorrupción debe continuar en el terreno del financiamiento de la política, suprimiendo o limitando al mínimo el aporte privado que alimenta campañas millonarias que difícilmente puedan costearse sin sospechas.

En ese contexto en que la adhesión a Cristina se mantiene firme entre los votantes de la primera vuelta pero no es fácil avanzar más allá, ¿cómo reivindicar las gestiones kirchneristas y consolidar un proyecto basado en esa experiencia y, al mismo tiempo, gestar un Frente más amplio, necesario para derrotar el proyecto regresivo que hoy sufre la gran mayoría de los argentinos? Esta la pregunta crucial de la actual coyuntura. El kichnerismo resiste el embate liquidacionista pero, afectado por la derrota electoral, debe recomponer su inserción en el peronismo y retomar influencia en otros sectores de la sociedad.

Uno y otro aspecto de la cuestión no pueden pensarse por separado, expandir su influencia en sectores más amplios es también un modo de fortalecer al kichnerismo y, por otro lado, ganar en coherencia y participación democrática en nuestra propia fuerza ayudará a que otros se sientan convocados. Pese a ello, en las últimas semanas hemos asistido a propuestas, actitudes y declaraciones de agrupaciones y dirigentes en las que podía leerse la voluntad de priorizar uno de estos aspectos en desmedro del otro.

Tampoco parece la mejor respuesta la que plantea las dos tareas como sucesivas. “Primero fortalecemos nuestra organización y después salimos a buscar aliados”. Las reiteradas propuestas de Cristina –Frente Ciudadano, Nueva Mayoría- que convocan a un espacio muy amplio generaron expectativas y el anuncio de una reorganización del kirchnerismo cerrado sobre sí mismo no podría sino generar decepción. Para derrotar al macrismo en 2019 hay que construir una sólida hegemonía en la sociedad y eso sólo se logra con una convocatoria y una construcción lo más amplia posible.

No se trata sólo de acordar con otras fuerzas. Más allá de las formas que pueda adoptar ese frente en la competencia electoral, es necesaria una gran movilización social y cultural. El neoliberalismo quiere extender la racionalidad del lucro y la competencia a la educación, la salud y hasta la vida privada. Contra esta mirada utilitaria e individualista debemos gestar una cultura de la solidaridad, una épica de la participación y la construcción colectiva. Apoyándose en los grandes logros de los doce años y revisando sus carencias, el kichnerismo necesita reinveintarse en esta coyuntura para construir el gran Frente necesario, para impulsar en una sociedad confundida y castigada una verdadera reforma intelectual y moral.