El país de las controversias y los litigios


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El nuestro ha sido, desde su fundación, un país de permanentes controversias entramadas, la mayoría de ellas, con la política; como si cada segmento de la vida pública y privada viniera a expresar una manera de posicionarse ante los modos, distintos, de pensar y construir la Nación. Ya en el amanecer de Mayo y Julio se pusieron en juego no sólo alternativas políticas enfrentadas entre sí, sino lo que se abrió fue una clara confrontación cultural que irradió sobre las decisiones económico-políticas hasta definir los proyectos de país que fueron desplegándose a lo largo de nuestra historia. Herencias, tradiciones, debates, conflictos, escrituras y libros estuvieron, desde el comienzo, en el centro de la política allí donde las identidades nacientes requerían de apropiaciones simbólico-culturales legitimadoras. Pocos gestos más elocuentes y fantásticos como aquel de Mariano Moreno traduciendo el Contrato social de Jean Jacques Rousseau y convirtiéndolo en el núcleo de su visión política, en el sueño de transformar a esa aldea arrojada en los confines del mundo en una sociedad jacobino-republicana; como si allí, en la aurora de nuestra historia, se hubieran cruzado los caminos de la invención cultural con los de la utopía política. Anticipar narrativamente a la Nación sería una constante de nuestro complejo y laberíntico derrotero a lo largo de estos dos siglos de vida independiente.

Pero en esos relatos construidos con diversos retazos lo que se buscó, desde el inicio, fue la solidificación de identidades políticas fuertemente sostenidas sobre pilares legítimos, culturalmente sobresalientes y capaces de inventar identidades arraigadas en venerables tradiciones allí donde poco tiempo antes no había nada, apenas el esfuerzo de sobrevivir en estas geografías lejanas e inhóspitas. Por eso, aunque no exclusivamente, la política en Argentina se desplegó no sólo como construcción de instituciones o como forma de gestión gubernamental sino, también y de modo decisivo, como espacio de identidades culturales capaces de dar el salto por sobre la racionalidad del relato de origen para arraigar en sentimientos míticos.

En esa narración fundacional y extraordinaria que emerge del Facundo lo que viene a poner en evidencia la pluma de Sarmiento es la convicción de que el combate político sería, fundamentalmente, un combate por los símbolos, es decir, que los lenguajes culturales, su capacidad de generar mitos e identidades colectivas, serían el centro controversial del país, el punto de inflexión para elegir, desde la mirada sarmientina, el camino de la civilización y/o el de la barbarie. Aunque también nos permitió descubrir las imbricaciones y deudas sorprendentes entre visiones y tradiciones intelectuales opuestas y en litigio permanente. Como si no pudiéramos eludir la necesidad de interrogar las genealogías compartidas y los caminos cruzados de quienes pensaron el país desde visiones enfrentadas. Una riqueza inesperada nos sale al paso cuando somos capaces de romper los dogmatismos y las miradas unilineales. Poner a dialogar diferentes miradas e interpretaciones constituye un ejercicio de fecundidad democrática que no anula las discrepancias, las querellas y los conflictos que nos siguen atravesando. Simplemente nos permite ser más agudos y comprensivos.

Desde aquellos días fundacionales de un país que todavía no se sabía a sí mismo y se buscaba con intemperancias y violencias, con esperanzas y frustraciones, con agudezas teóricas e invenciones poéticas, la política se entrecruzó con lo identitario cultural generando las condiciones de un arraigo que, con matices, continúa hasta el presente: unitarios y federales, alsinistas y mitristas, liberales y radicales, anarquistas y socialistas, peronistas y antiperonistas, kirchneristas y antikirchneristas, han sido algunas de esas cristalizaciones que vuelven muy difícil separar el discurso de la política de ese otro que se entrama con las oscuras amalgamas que definen las identidades y sus mutaciones a lo largo del tiempo. Hoy, cuando las identidades políticas y culturales ya no pueden ser concebidas desde una perspectiva esencialista y cuando los cambios y el flujo constante que caracteriza a las sociedades del capitalismo contemporáneo las debilita, se vuelve fundamental seguir indagando por sus cristalizaciones y transformaciones a lo largo de nuestra historia.

Claro que esas divergencias político-culturales no se dirimieron, por lo general, en ámbitos académicos o en espacios democráticos; más bien abrieron el camino para distintas formas de guerra civil que atravesaron parte de nuestra historia y que siempre volvieron difícil, por no decir casi imposible hasta estos últimos años, la construcción de una democracia capaz de amparar la diversidad. La violencia, y los sueños de otro país dentro de un país carenciado de justicia y de igualdad, han recorrido como un hilo rojo el laberinto argentino y han definido la compleja urdimbre de las identidades políticas y de los lenguajes culturales sostenedores de esas identidades. Tal vez una de las más significativas y que todavía sigue actuando en los imaginarios sociales, es la antinomia peronismo-antiperonismo, antinomia que ha sufrido mutaciones significativas a lo largo de más de medio siglo y que hoy vuelve a emerger en la escena política aunque metamorfoseada por la forma kirchnerista del actual peronismo. Han sido esos antagonismos y la virulencia como se han ido manifestando los que, en gran medida pero no únicamente, han debilitado la construcción de una genuina práctica democrática transformando por lo general a la política en un campo de batalla del que sólo se podía salir venciendo al enemigo (o aniquilándolo como hiciera la dictadura videlista que, cómo olvidarlo, reclamó para sí toda la suma del poder político-militar para “devolverle” al país “la democracia contaminada por la corrupción y las ideas subversivas y extranjerizantes” de acuerdo al léxico espantoso de la jerga dictatorial). Discutirnos críticamente significa, también, penetrar sin complacencias en los usos del lenguaje, en su profundo impacto en las diferentes construcciones políticas e ideológicas. Pero también significa darle su lugar complejo a los antagonismos ideológicos y económicos como expresión genuina de la democracia y como evidencia de lo no resuelto y de las desigualdades de nuestra sociedad, impidiendo que se conviertan en excusas para violentar la diversidad política y cultural.

El saldo de cuentas, al menos desde 1930 en adelante, no ha sido auspicioso a la hora de generar las condiciones para una genuina solidificación de las instituciones democráticas en especial allí donde algunos de los gobiernos que intentaron beneficiar no a los poderes del establishment sino a los sectores populares fueron desbancados no sólo por el accionar golpista de los militares y de los grupos concentrados del poder económico sino por el deseo, claramente manifestado, de sectores medios que han sospechado y lo siguen haciendo de la política y del Estado como máquinas de recaudación y de saqueo.

Una poderosa tradición antipolítica recorre los subsuelos de la historia argentina; una tradición que desde los lejanos años treinta hasta alcanzar también nuestra contemporaneidad ha venido, con movimientos espasmódicos, a confluir con aquellos imaginarios político-culturales inclinados, de distintos modos, hacia lo destituyente de esa misma democracia que sólo puede desplegarse allí donde se afirme la presencia de lo político como forma persistente del litigio y del conflicto, en especial aquel que gira alrededor de la cuestión, siempre insatisfecha, de la igualdad. En todo caso, cuando en algunos de los mojones de nuestra historia ese ha sido el núcleo del conflicto —la visibilidad del litigio por la igualdad, la exigencia de los incontables por ser contados en la distribución tanto de los bienes materiales como de los simbólicos—, lo que inmediatamente fue atacado por algunos de los portadores de la “genuina” gramática republicana fue, precisamente, la imperiosa necesidad, convertida en derecho y en afirmación identitaria, de esos incontables por dirimir los lenguajes con los que se iría a nombrar esa misma República.

La dictadura iniciada en marzo del ’76 profundizó la proliferación del sesgo antipolítico, algo sordamente arraigado en el sentido común de amplios mundos sociales, en especial de las clases medias, que venía a apuntalar la sospecha, nunca disipada, hacia la política y hacia los políticos en beneficio de diversos experimentos autoritarios y relacionados con prácticas que viniendo de otros lugares (los cuarteles, los grupos corporativo-económicos, la Iglesia, etcétera) pudieran escapar de la “maldición” política. La frustración alfonsinista, golpeada ella también por las acciones destituyentes que recorrieron y recorren el hilo de la democracia argentina desde Uriburu en adelante y con diferentes modalidades, dejó abierta nuevamente la compuerta para que esas aguas antipolíticas vinieran a inundar las conciencias ciudadanas dispuestas, una vez más, a elegir una opción que les permitiera sumergirse en las aguas puras de una renovación virginal que acabaría, como las otras, arrasando con derechos y patrimonios del conjunto de los argentinos en nombre del progreso y de la regeneración de la vida republicana, eufemismos que escondieron y esconden el deseo de los pocos de seguir usufructuando las riquezas creadas por los incontables. Extraña paradoja la nuestra, que aquellos mismos que siempre hablaron y lo siguen haciendo impunemente de calidad institucional y de recreación de la República sean los que, cuando tuvieron la oportunidad, se hayan dedicado a rapiñar a esa misma República que tanto reclaman y admiran. Como ejemplo observemos lo que está haciendo el gobierno de cambiemos, su rápido olvido de la tradición republicana, en nombre de la cual organizó su crítica al populismo, y su más rápida, aún, redistribución regresiva de la riqueza nacional al mismo tiempo que se inicia un nuevo período de feroz endeudamiento.

En nuestra historia ha habido una distancia, a veces infranqueable, entre las palabras y las cosas; distancia multiplicada allí donde la retórica pareció desplegarse con independencia de los acontecimientos generando las condiciones fantasmagóricas de una realidad en absoluta oposición a esa misma trama discursiva que venía supuestamente a legitimarla. Ya no se trató de aquellas escrituras (como las de Moreno o Sarmiento, por citar a estos dos paradigmas que atraviesan nuestra memoria histórica) que se anticipaban a lo todavía por acontecer o que eran portadoras de una potencia que lograba capturar, desde una determinada perspectiva que acabaría por volverse hegemónica, las corrientes profundas de un país en vías de construcción; ni tampoco de aquellas otras (como las de José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Ezequiel Martínez Estrada, Jorge L. Borges, Carlos Astrada, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, José Luís Romero, John William Cooke, Silvio Frondizi, Nicolás Casullo, León Rozitchner, David Viñas, entre otros) que desde el ensayo político, filosófico y literario buscaban auscultar los latidos de una sociedad indescifrable o definitivamente perdida. Se trató, y se trata, de ciertos relatos que proyectan sobre los otros el daño que ellos mismos han contribuido a inflingir a la Nación; relatos que se escudan en la pureza de un republicanismo supuestamente virginal e incontaminado que suele esgrimirse contra todas aquellas experiencias políticas populares, arraigadas en las napas más profundas de la memoria colectiva que, atravesando de diversos modos la historia nacional, tendieron a hacer visibles a los invisibles de esa misma historia.

La experiencia de la década de 1990 (hegemonizada por lo que se ha llamado el “menemismo”) ha sido, más cercana a nosotros, el eje de un nuevo giro antipolítico de amplios sectores sociales; una época caracterizada por el dominio abrumador de la ideología de mercado entramada, ahora, con la retórica de un movimiento de raíz popular que vino a deshacer, a través de algunos de sus principales referentes, aquello mismo que había contribuido, décadas atrás, a construir. El menemismo (la forma que entre nosotros asumió la ideología neoliberal), sobre todas las cosas, vació la relación entre política y bien común, devastó la trama entre política e identidades culturales transformándola en una retórica hueca y cínica. Agusanó hasta pudrirla la relación entre democracia, espacio público y Estado multiplicando el mito, tan argentino, de lo que Horacio González ha llamado la ideología de la “emboscadura”, aquella que cuestiona y sospecha de todo a partir no de una diferenciación ideológica y política sino a partir del amarillismo mediático que siempre “desnuda” lo que hay detrás; la certeza, tan enquistada en la cultura nacional y con fuerte presencia en las clases medias, de que todo se hace en función de un cierto negocio. Ya no se trata de discutir ideas, de entender la relación compleja entre política, cultura y economía, lo que se busca es reducir esa dimensión a una cuestión de “caja” llevando la política hacia ese eterno lugar de sospecha que, entre nosotros, constituye todo un gesto cultural.

Se trata, si intentamos colocarnos en la estela del Bicentenario, de regresar sobre las antiguas querellas, no para cristalizar aquello que nos remite a otro país, sino para reafirmar la convicción tallada intensamente en el cuerpo de nuestra joven democracia de que no hay posibilidad alguna de recrear la Nación, de refundar la República, “olvidando” los caminos recorridos, dejando atrás sin desatarlos los nudos de nuestros litigios. Los relatos del pasado siguen siendo un campo de genuina disputa cultural-simbólica no sólo porque responde a las necesidades del gremio de los historiadores, sino, fundamentalmente, porque no hay, no puede haber, un proyecto de país más justo e igualitario sin redimir la memoria de los que contribuyeron a hacer visibles a los invisibles, a afirmar que el litigio por la igualdad sigue siendo el eje de nuestras controversias.

Buscar la confluencia de los idearios que se vienen desplegando desde los días de la independencia sabiendo que, cada  época, enfrenta sus propios espectros y sus propias deudas; pero saber, a su vez, que se vuelve indispensable hacer cruzar las gramáticas de la libertad con los lenguajes de la justicia y la igualdad social. En ese cruce, frustrado una y otra vez por aquellos que en nuestra historia han buscado, con diversas suertes y de modos brutales y homicidas, impedirlo apelando a la violencia y al cercenamiento de los derechos, se juega el destino del país; un destino, insistimos, en el que seamos capaces de pagar algunas de las deudas que desde hace más de 200 años no hemos dejado de contraer con la parte de los incontables de nuestra sociedad.