Es revulsivo, es incómodo, es una muestra de poder y es un hecho: las mujeres abortamos


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Lo hacemos contra el miedo a ser criminalizadas, lo hacemos en la clandestinidad, lo hacemos en clínicas, en consultorios, en nuestras casas con pastillas, acompañadas o solas, lo hacemos. Lo venimos haciendo desde el principio de la historia y lo seguiremos haciendo aun cuando intenten disciplinarnos de las maneras que lo hacen: con el maltrato en ciertos consultorios médicos a los que vamos a pedir ayuda después del procedimiento, con la cárcel que se impone a las más desprotegidas, con el riesgo de muerte para las que están más aisladas, con los discursos que nos tildan de asesinas, con las falsas y endulcoradas imágenes de fetos a los que se les da categoría de bebés, con la manipulación de las escrituras bíblicas, con la penalización.

Las mujeres abortamos porque es nuestro derecho –un derecho humano tal como lo reconoció las Naciones Unidas este mismo año–, y también lo hacemos en la ignorancia de que es un derecho: abortamos al principio de nuestra vida reproductiva, adolescentes trémulas que se meten en el baño compulsivamente a revisar su ropa interior deseando que por favor aparezca esa mancha de sangre que nos devolvería a nuestro cuerpo, a nuestras risas, a la posibilidad de seguir estudiando, bailando, riendo con las amigas sin la amenaza de la gravedad que implica convertirse en madre antes de haber diseñado un proyecto de vida propio. Abortamos de jóvenes, entre un mar de dudas porque el mandato de la maternidad cala hondo, para qué negarlo, o con la firmeza del timón bien sostenido hacia el rumbo de lo que queremos para cada una y en ese plan no está el de gestar y parir, mucho menos criar, al menos no ahora, no en ese día en que el test de embarazo dice algo que no nos nombra, que sabemos no tiene futuro, que no es lo que queremos. Abortamos al final de nuestra vida reproductiva, cuando ya no lo esperábamos, cuando creíamos que no volvería a pasar, cuando no hay tiempo ni ganas, cuando hay otros hijos o hijas, justo cuando estábamos recuperando un tiempo propio. Abortamos, siempre, porque no queremos, nos estamos dispuestas, a dejar que esa gestación se convierta en un hijo o en una hija, los hayamos tenido antes o no, tengamos chances de tener otros en el futuro o no. Abortamos porque decidimos, aun cuando esas decisiones a veces se tomen entre la espada y la pared. La espada de la clandestinidad y la pared de sus consecuencias.
Las mujeres abortamos porque podemos. Aunque parezca que no podemos, porque la ley no nos lo permite, porque nuestra iglesia nos expulsaría de saberlo, porque en casa nos condenarían, porque el compañero de turno no quiere que lo hagamos, porque no sabemos de dónde sacar el dinero para hacerlo.

De todos modos lo hacemos. Porque de cualquier modo, podemos.

Es nuestro cuerpo, es ahí donde sucede esa conmoción de células y hormonas que si quisiéramos podría convertirse en una hijo o una hija, pero que mientras no queremos es sólo un cuerpo extraño, un accidente orgánico sin subjetividad alguna que a diario expulsamos para que no nos enajene, cotidianamente, con más o menos recursos, en los barrios precarios y en los cerrados, en las poblaciones más alejadas y en los centros urbanos, con la seguridad de la información cierta y también en la ignorancia,. Es nuestro cuerpo y aunque también cotidianamente y en todas las geografías y clases sociales se nos tome como territorio de dominación y disputa de intereses ajenos, recuperamos cada vez, con la complicidad de otras mujeres, con la mano tendida de quienes entienden que vida son sólo cuatro letras cuando no hay deseo, para nosotras. Las redes son cada vez más fuertes, las tejemos como arañas a lo largo y ancho de nuestro territorio país y más allá de esas fronteras: conserjerías, profesionales comprometidos, ciertas guardias en ciertos hospitales públicos y centros de salud cuyos santos y señas nos pasamos unas a otras, socorristas que ponen el cuerpo junto al cuerpo que aborta, amigas, compañeras, compañeros; todo un entramado que debilita la carga semántica, moral y social de la criminalización, porque cada vez menos se hace en silencio y entonces cada vez más podemos abortar.

Porque ahí donde el Estado abandona, se teje una trama común que protege y acompaña, que entiende, tal como lo dice la ley, que toda mujer tiene derecho a abortar sin ser penalizada cuando está en riesgo su salud, ese delicado equilibrio mental, físico y social que el Estado, mediante la penalización, pone en riesgo.

Porque es nuestro derecho, porque se trata de nuestra autonomía, porque defendemos nuestras decisiones y nuestros proyectos de vida, por eso abortamos. Porque vivas y libres nos queremos.