Universidad y futuro


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Para las grandes mayorías de nuestro país la educación universitaria se asume como lo que es: un bien social y un derecho. El derecho a la universidad no es sólo el derecho de las personas a estudiar sino que es también el derecho de un pueblo a tener universidad. A gozarla, habitarla, cuestionarla, transformarla. A apropiarse de los conocimientos que allí se producen para mejorar sus vidas. A participar activamente de la decisiones sobre el tipo de saberes que se tienen que crear para el desarrollo, tanto material como simbólico de toda la nación. Entonces, cuando hablamos de los alcances del derecho a la universidad, se hace evidente cuánto hemos avanzado en Argentina pero también cuánto es lo que falta y qué es lo que hoy está en riesgo.

Escribo esta nota pensando en el futuro de la universidad. Pero como siempre, el futuro de todas las cosas vivas está anidado en el presente. Y marcado por el pasado. Ninguna historia empieza de cero, como denunciara Rodolfo Walsh en el periódico de la CGT de los Argentinos: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tenga héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Cuando el ethos privatizador pareciera atacarlo todo con ferocidad, el saber la potencia de lo construido durante una larguísima historia tal vez nos permita con mayor fuerza poder seguir imaginando y construyendo la universidad que queremos para el país que anhelamos.

El pasado con efecto de presente

Hoy tenemos un sistema universitario en Argentina en el que están respirando por lo menos cuatro movimientos encadenados, con sus continuidades y rupturas, que han forjado la concepción de la universidad como derecho del pueblo. Movimientos que se enfrentaron a las lógicas conservadoras y elitistas de la universidad etnocéntrica moderna (que también sigue viva y mostrando sus garras de vez en cuando como animal que late en silencio). Sólo los mencionaré con afán de marcar su condición presente.

El primero de ellos es la Reforma del 1918: “Hoy contamos con una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”, decía su Manifiesto Liminar. El impulso democratizador de la Reforma hay que situarlo además en su dimensión latinoamericanista. Traicionados, profundizados, criticados o, en sus peores versiones folklorizados, esos ideales siguen habitando la universidad pública hasta nuestros días.

El segundo movimiento emancipador está sintetizado en la decisión de Perón de declarar la gratuidad de la enseñanza superior el 22 de noviembre de 1949, con el Decreto 29.337. Perón dice en un homenaje a Belgrano en ese año: “deseo enunciar que desde ahora quedan suprimidos los actuales aranceles en la universidad, en forma tal que la enseñanza sea totalmente gratuita y al alcance de todos los jóvenes argentinos que anhelan instruirse para el bien del país. Para honrar a los héroes nada mejor que imitarlos”. El origen de la gratuidad de la enseñanza en Argentina fue un dato escamoteado por la historia oficial hasta que en 2007 fue recuperado y declarado el 22 de noviembre como Día de la Gratuidad de la Enseñanza Universitaria. En el gobierno de Perón la gratuidad estuvo ligada a ideas profundas de soberanía territorial, social, cultural y económica. Es con el objetivo de industrializar para la soberanía, que se crean en este período las instituciones científicas que hasta la actualidad son las más importantes del país (otro dato también escamoteado en la débil producción historiográfica de la ciencia en Argentina). La asociación de ciencia y soberanía en un sentido amplio está explicitada otra vez en las palabras de Perón: “el progreso científico podrá darnos máquinas más eficaces y seguras; alimentos más sanos, nutritivos y económicos; casas más higiénicas, cómodas y asequibles. Podrá encontrar los medios de conservar la salud, de preservarnos de las enfermedades y curarnos mejor; podrá poner a nuestro alcance, generalizándolos, medios más eficaces para distracción del alma y preparación de nuestras energías físicas y morales”(1952).

Un tercer movimiento emancipador es el que luego de la llamada Noche de los Bastones Largos se hace visible en el Cordobazo. Allí ya están en la universidad los hijos del peronismo que habían entrado con la gratuidad de Perón. Pero que además lo habían hecho guiados por un horizonte de justicia anclado en la política. La universidad del Cordobazo, la de obreros y estudiantes unidos y adelante, ya no es más la universidad-isla, ni es sólo para los universitarios. El documento Bases para la Nueva Universidad del FURN, en 1973, expresa claramente la posición de una universidad que ha desbordado sus límites, recreándose en el compromiso con la clase trabajadora.

El último movimiento transformador es el que llevaron adelante los gobiernos kirchneristas cuando reconstruyeron las condiciones para la realización efectiva de la universidad como derecho humano. Reafirmándose en las tradiciones reformistas y libertarias del peronismo, de las luchas de los sesenta y setenta, y asumiendo como historias propias también a las resistencias estudiantiles de los noventa (muchos de los dirigentes políticos jóvenes del kirchnerismo formaron parte de ellas) impulsaron una transformación de tal magnitud que puede equipararse e incluso ir más allá de la Reforma de 1918. Porque además de la transformación material (17 nuevas universidades, con claro sentido federal; 190.000 metros cuadrados en 123 obras en todo el país donde se alojaron los 1.200 científicos repatriados mediante el Programa Raíces; la multiplicación del presupuesto, entre otras cuestiones) se produjo también una transformación simbólica al abrirse la universidad a sectores que nunca antes hubieran imaginado que esta institución era para ellos. En este proceso, se refundó el sentido de la universidad pública.

Escribió Diego Tatián acerca del discurso de Cristina Fernández de Kirchner al cumplirse 400 años de la Universidad de Córdoba “su lectura vibrante y apasionada de las primeras líneas del Manifiesto marca un hecho histórico en cuanto interrumpe un desencuentro entre la cultura reformista y el peronismo”. Y va más allá.

El presente ocasionando el futuro

Los hijos del kirchnerismo acaban de ganar en estos días la Federación Estudiantil de la Universidad Nacional de La Plata, una de las más grandes del país. Luego la de la Universidad de Córdoba. Los jóvenes que hoy están en el sistema universitario son lo que nacieron en el desierto de la desesperanza y fueron desaprendiendo años de posibilismos. Ellos se reconocen en la historia de luchas por una universidad popular y a la vez que los desafía el futuro, saben que son el presente. Ese presente que hace a la historia un asunto común. Entonces reponen viejas/nuevas a preguntas: ¿Qué universidad queremos para el futuro? ¿Qué hemos heredado del pasado y qué está vivo de él? ¿Qué responsabilidades tenemos en la contemporaneidad? Hay algunas cuestiones que son plataforma y perspectiva para comenzar a caminar respuestas.

La primera de ellas, fundamental: la universidades de todos y todas (porque en la “A” en plural no solo están las mujeres, sino los dolores de las libertades que nos siguen faltando). Más allá de los numerosos intentos de banalizarlo, no se trata de un mero modismo. Señalar lo históricamente negado es ampliar lo común. No estamos hablando de un mecanismo de inclusión solamente, sino de transformar/subvertir lo social.
La segunda: en la universidad se tiene que aprender (lo que es valioso para la vida común) y a la vez se tiene que desaprender (todo aquello que se ha asumido sin cuestionar, como el saber colonial, clasista, racista y patriarcal). Una universidad pública/popular tiene que reconocerse en historias por siglos invisibles. El proceso de descolonización de la universidad deber ser uno de los objetivos centrales a futuro, sin chauvinismos berretas y con una clara conciencia del papel que tiene la universidad en la producción de una cultura nacional, hecha de diversidades, con el desafío de hablar en/con el mundo desde un lugar propio. Que los universitarios se hagan oir en estos días reclamando la Libertad de Milagros Sala es un claro compromiso de ese otro modelo de universidad popular.

La tercera: la universidad tiene que crear. Inventar nuevos conocimientos, nuevos sujetos y nuevas lenguas. E incluso empoderar esos conocimientos, esto es, construir su legitimidad, autorizarlos. La creación de saberes siempre está ligada a la reinvención del poder. No hay justicia social sin justicia cognitiva.

La cuarta: una vez más, el futuro de la universidad se juega en las posibilidades de libertad. Y libertad es acceso igualitario, libre uso y abuso, goce y apropiación común del pueblo. Democracia. Siempre ha habido una preocupación por la democratización de la universidad. Pero con eso no alcanza, como escribe Eduardo Rinesi. Es necesario que la universidad participe también de los procesos de democratización de toda la sociedad. De las luchas contra el autoritarismo en la universidad y fuera de ella. Por eso hay que hablar del rol de la universidad en los procesos de democratización.

Y finalmente (sólo para empezar), no hay futuro de la universidad luego de esta larga historia de luchas, sin la comprensión de que el sentido profundo de por qué hacer universidad reside en el otro. Amor radicalmente político. De que conocer, aprender, enseñar sólo tiene sentido cuando existe el otro en su necesidad, espesura y singular belleza.